martes 3 de julio de 2007

UN JOROBADO EN EL DESAYUNO

El cuarto de Esteban estaba en penumbras. Algo de luz se filtraba desde la ventana. Dormía profundamente con sus ojos semiabiertos. De pronto, una voz que venía de otro lugar retumbó en el silencio de la habitación.

- ¡Esteban, el desayuno está listo! –gritó la voz de su mamá.

El cuerpo de Esteban se movió levemente, pero continuó durmiendo. Un momento después, la voz volvió a escucharse en el cuarto, pero esta vez más fuerte y con un tono distinto, distorsionado y grave.

- ¡Euesteeeebooaaaan, euuel deeesaayoouuno estáaa luiiistouu! –se oyó.

El sonido fue tan enérgico y extraño que Esteban se despertó bruscamente y miró para todos lados. En la semioscuridad creyó ver una sombra que se escondía detrás de los juguetes, hasta notó un aroma especial, dulzón, que nunca antes había sentido.

El niño estaba confundido, sus ojos enrojecidos brillaban. Enseguida los pelos de la nuca se le erizaron. Estaba despeinado por las extrañas posiciones en las que dormía y eso le daba un aspecto casi ridículo. Se sentó en la cama y pasó sus manos por la cara, como para despertarse.

- ¡Euesteeeebooaaaan, euuel deeesaayoouuno estáaa luiiistouu! –volvió a escuchar.

Se levantó de un salto y bajó la escalera como hipnotizado por esa voz. Caminó en la oscuridad hasta llegar a la cocina. Un aroma placentero venía desde allí. Encendió la luz y el brillo encandiló sus ojos como si alguien hubiera disparado un flash cerca de su rostro. Cerró los párpados y pestañeó varias veces hasta que logró ver con normalidad. Observó que en la mesa había una taza y una tetera extraña de la que salía humo.
De pronto, sintió un frío helado, la piel se le erizó y los dientes comenzaron a castañearle. Se sentó a la mesa. No sabía porqué hacía lo que hacía, sólo se dejaba llevar por una fuerza extraña. No paraba de temblar y sus dedos estaban duros como hielo. Miró la tetera humeante y se le ocurrió colocar las manos alrededor para calentarlas. Las frotó contra la cerámica caliente y mientras recuperaban temperatura sucedió algo increíble.

Del pico de la tetera comenzó a salir más y más humo, parecía una locomotora a todo vapor. Esteban comenzó a toser. La cocina se transformó en una atmósfera gris y turbia, como si la bruma hubiera invadido todo.
Una música extraña surgía de algún lugar de la oscuridad, le hacía recordar a alguna película que había visto y que le daba miedo. Mucho después, Esteban supo que se trataba de El vuelo del moscardón.

El humo se fue dispersando lentamente; el niño quedó boquiabierto, no entendía qué estaba sucediendo.

Escuchó un ronquido, como una respiración tosca que provenía de un lugar a sus espaldas. Se dio vuelta y no vio nada. Miró para todos los costados, nervioso. Esteban empezó a respirar a más velocidad. De pronto, levantó su cabeza y, para su completo asombro, vio a un jorobado que colgaba de la lámpara de la cocina.
Tenía un aspecto horripilante: su cuerpo era enorme y cubierto por gruesos pelos negros. Hacía péndulos sobre el cable de la lámpara y parecía que se iba a caer en cualquier momento.

- Huuuoolaa Euuesteeebaaaann –le dijo al niño mientras lo saludaba con una de sus manos con pezuñas y sonreía de una forma rara.

Esteban hubiera querido gritar, pero lo único que pudo hacer fue abrir la boca bien grande y dejar que el aire entrara por allí; su garganta se había cerrado por completo. No lograba sacar ningún sonido de su interior. Cerro la boca y volvió a intentarlo, pero nada, no podía gritar. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

El jorobado lo miró sorprendido, luego giró su cabeza para observarlo mejor pero no terminaba de comprender qué le pasaba. Entonces, tras un gran bostezo sonoro, le contó una historia asombrosa:

-Hace 107 años que duermo en esta tetera. Aquel día, tu tatarabuela Amelia le estaba preparando un té a tu tatarabuelo Vicente...

Esteban fue cerrando poco a poco la boca y sus latidos comenzaron a relajarse. El niño prestaba absoluta atención a las palabras de este extraño ser.

-Ése fue el día en que se mudaron aquí. –continuó el jorobado -Estaban muy felices porque habían podido comprarse su casa... el problema era que yo habitaba en ella desde hacía mucho más tiempo... y hubiéramos podido vivir todos muy tranquilos pero...

El jorobado se detuvo y miró a Esteban con sus ojos gigantes y oscuros. El niño comenzó a temblar.

-... pero tu tatarabuela dijo esas palabras... ¡y no tenía que haberlas dicho! –el jorobado saltó de la lámpara y cayó casi encima de Esteban. Puso su rostro peludo muy cerca de los ojos del niño y le dijo en un tono espantoso:

-Y ahora que me liberaste, no pienso volver a dormir en esa tetera... el problema es que alguien tiene que entrar ahí y ese alguien... está temblando delante de mí en este mismo momento...

Una vez más Esteban intentó gritar, pero sólo consiguió abrir su boca y permanecer mudo. Inmediatamente se escabulló de las garras del jorobado y corrió hacia la escalera que lo llevaba a las habitaciones.

El jorobado se quedó un poco atontado por la sorpresa, no esperaba que el niño reaccionara tan rápido. Luego, salió tras él.

Esteban corrió directo al cuarto de sus padres, se detuvo agitado y tomó el picaporte para entrar, pero la puerta estaba cerrada. Insistió y golpeó con sus puños, sin embargo nadie abrió ni se escuchó el más mínimo ruido en el interior. Entonces, miró hacia atrás y vio la sombra del jorobado que subía por la escalera. El niño giró sobre sí mismo y observó para todos lados. Tenía que pensar inmediatamente dónde podía esconderse. De pronto se le ocurrió una idea. Corrió hacia la pequeña escalera que daba al altillo de la casa, un lugar al que nunca nadie subía.
Trepó lo más rápido que pudo. El exagerado olor a humedad y las telarañas lo hicieron detener por un instante. Miró hacia atrás, pero ya no podía regresar. El cuerpo de Esteban volvió a temblar cuando comprendió que estaba atrapado allí. Se escondió como pudo detrás de una cajas de madera y se cubrió con bolsas y cartones que encontró allí.

Esperó en silencio, pero no podía evitar que los latidos le retumbaran en su cabeza.
El jorobado no tardó en subir la escalera. En cuanto se asomó y vio que Esteban no tendría salida, comenzó a reír. Sus carajadas hacían eco en el altillo y parecían multiplicarse.

Enseguida descubrió el escondite de Esteban porque los cartones y las bolsas se movían por el temblor de su cuerpo. El jorobado fue hasta allí y lo atrapó con sus peludos y enormes brazos. Bajó la escalera con el niño y lo llevó a la cocina.

-Lo lamento mucho... pero ya estuve en esta incómoda tetera durante demasiado tiempo –le dijo mientras lo sentaba frente a ella.

Y el jorobado estaba a punto de continuar y de decir aquellas palabras cuando sonó un golpe detrás de ellos. Los dos miraron hacia allí. El fantasma de una mujer muy vieja apareció de repente. Esteban notó algo familiar en ella y el jorobado acabó de desfigurar completamente su rostro.
Amelia! –gritó espantada aquella peluda criatura cuando vio a la tatarabuela del chico.

Pero antes de que pudiera decir algo más, Amelia pronunció aquellas palabras como lo había hecho 107 años atrás. El jorobado se transformó en humo y desapareció dentro de la tetera.

El fantasma de Amelia se acercó hasta su tataranieto y lo acarició. Esteban cerró los ojos y sintió algo frío que le recorría la cara y un olor dulzón, igual al que había percibido cuando se despertó. Entonces abrió nuevamente sus ojos y su tatarabuela Amelia ya había desaparecido.

Un rayo de sol que entró por la ventana lo encandiló y lo hizo volver en sí. En ese momento, la mamá de Esteban apareció, en camisón, en la cocina.

-¿Qué hacés levantado, hijo? –le preguntó.

Pero antes de que el niño le contestara, agregó...

-Ah... preparaste el desayuno –su mamá vio sobre el mantel la tetera de la que salía humo.

Entonces se sentaron a la mesa y cuando la mamá iba a tocar la tetera, Esteban se adelantó y, cuidando muy bien de tomarla sólo por la manija, sirvió el desayuno para los dos. El té había quedado más rico que nunca.

miércoles 6 de junio de 2007

DOS CERDOS POCO COMESTIBLES

Guisito y Puchero se asomaron a la ventana y vieron que no había nadie en el comedor. Entraron sin hacer ruido y se sentaron en la mesa, donde había una taza de la que salía un rico olor a café con leche.

Eran dos cerdos educados, muy distintos a los que la gente suele imaginarse.

Somos dos, pero acá solamente hay una taza –dijo Guisito mirando a su compañero-, está claro que la merezco, si ves bien, yo soy el que lleva anteojos puestos.

¿Y eso qué tiene que ver? –protestó Puchero.

Justamente, hermano, el problema es la debilidad de tu visión –continuó Guisito-, si llevaras anteojos no te quedaría la menor duda, pero en este caso, los llevo yo, así que... con tu permiso...

Guisito tomó de la taza hasta acabar con todo su contenido.

¡Delicioso! Bien, ahora continuemos con nuestro plan...

¡Te deberían cocinar en una olla gigante! –le gritó Puchero sin quitarle los ojos a la taza vacía y lloriqueando.

Ahora lo que falta es que mi propio hermano esté de acuerdo con esos salvajes humanos –contestó Guisito enojado hasta que, de pronto, algo lo sorprendió- ¡Silencio! ¡Escucho ruidos en la cocina!

Los dos cerdos miraron hacia allí. Se pararon y comenzaron a moverse, nerviosos, de un lado a otro del comedor.

Agustina terminó de poner las tostadas en un plato, tomó el dulce de leche, un cuchillo para untar y se fue a la mesa para disfrutar de su desayuno. Apoyó el plato y el dulce y... ¡qué sorpresa se llevó al encontrar su taza vacía!
La niña miró para todos lados. Estaba sola. De pronto, escuchó una respiración ronca que venía detrás de ella. Miró hacia los sillones, pero no vio a nadie.

A pesar de que tuvo un poco de miedo, fue hasta allí. Se asomó y dijo: Y ustedes dos... ¿qué hacen dentro de la casa? ¡y vestidos tan elegantes! ¡Si los ve mamá se va a enojar mucho! Ella siempre dice que el lugar de ustedes es el patio y cerca de la parrilla.

Los dos cerdos salieron del escondite y se pararon delante de Agustina.

Te esperábamos para hablarte –dijo Guisito.

Es un asunto muy serio –agregó Puchero.

¿Qué pasa, Puchero? –le preguntó Agustina (Puchero era su preferido).

¡Eso es lo que pasa! ¿No te das cuenta? –interrumpió Guisito- ¿Por qué crees que tus padres nos pusieron estos nombres? Guisito... Puchero... ¿No te suenan a algo?

Mmmm... –Agustina se quedó pensando y se rascó la pera con una mano.

Y... me suenan a comida... pero ¡yo odio el guiso y el puchero! –dijo por fin la niña.

En ese momento, los dos cerdos (con lágrimas que salían de sus ojos como una catarata) se acercaron a ella y la abrazaron cariñosamente.

¡Es un milagro! –dijo Puchero.

Sabía que ella nos iba a ayudar –completó Guisito emocionado.

Esperen... no entiendo nada –Agustina los miraba sorprendida y esperaba una explicación.

Lo que pasa es que Puchero es el plato de Navidad y yo el plato de Año Nuevo –le contestó Guisito.

Agustina se horrorizó.

No puede ser – dijo- ustedes son mis mejores amigos.

La niña se quedó pensativa y triste.

Tus padres pensaron que si nos ponían esos nombres, nunca te ibas a encariñar con unos cerdos... –agregó Guisito-, pero... creo que la única solución es que le digas a tus padres que te vas a casar con uno de nosotros.

Conmigo, conmigo –interrumpió Puchero.

¡No importa con quién! ¡Es una mentira! –continuó Guisito-, la idea es que cuando tus papás quieran convencerte de lo contrario...

Agustina no lo dejó terminar la idea y comentó entusiasmada: Entonces ahí, yo les digo que la única manera de que no me case es ¡que no se los coman a ustedes!, ¡Es perfecto!

El plan funcionó a las mil maravillas. Cuando Agustina les dijo que quería casarse con Puchero, su mamá casi se desmaya y los gritos de su papá se escucharon por todo el barrio. Ellos pensaron que la niña se había vuelto completamente loca. Tanto insistió ella que sus padres no tuvieron otra alternativa que desistir de sus apetitosos platos. De esta manera, Agustina logró salvar a sus queridos amigos.

Finalmente hicieron una gran cena para festejar que todos habían conseguido lo que querían. En el medio de la mesa estaba Agustina. A su derecha los invitados de honor: Guisito y Puchero, quienes a partir de ese día se llamaron Cirilo y Mateo, y del otro lado, sus papás, muy felices de que su hija ya no quisiera casarse con un cerdo. Todos disfrutaron de un riquísimo jamón ahumado acompañado con papas fritas. Los dos cerdos no paraban de hablar de la comida y terminaron admitiendo que los humanos tenían muy buen gusto.